V SN SUB-23 │ El título de Los Piratas es fruto de una gran perseverancia beisbolera en el tiempo

Yirsandy RodríguezPor: Yirsandy Rodríguez │Senior Writer en BaseballdeCuba

El 24 de diciembre de 1978, hace casi 40 años, Isla de la Juventud ganó su primer juego en Series Nacionales, gracias al brazo de Pedro Pablo García, y una ofensiva que lo respaldó para vencer por 6-3 a Industriales en el 5th-juego de la 18th Serie Nacional del béisbol cubano. 

De esa manera, prácticamente comenzaba la historia beisbolera del municipio especial de Isla de la Juventud, derivándose desde entonces gran parte de la combatividad que hoy día vemos como ha sido heredada de una generación a otra por cada uno de sus equipos pineros. El desafío por elevar sus niveles de competitividad no fue fácil para los isleños, mientras vimos pasar varias hojas en el almanaque, hasta que en 1999 descubrimos un tesoro en la 38 Serie Nacional de béisbol: El primer team de los Piratas que fue capaz de clasificar a la postemporada, dejar atrás en cinco juegos a un equipo consagrado como Pinar del Río, y luego retar en semifinales al líder histórico en títulos, Industriales.

Aquella familia, más que una novena de béisbol, nos demostró el resultado de la preparación y la entrega al juego, regalándonos una serie de siete partidos donde casi eliminan a Industriales, luego de encabezar el match por 3-1. Cuando recuerdo a los Piratas dirigidos por el manager Armando “Mandy” Johnson, es como revivir una de mis primeras memorias beisboleras de cuando comencé a ir solo al estadio Latinoamericano --casi siempre en aquellos inolvidables domingos después de jugar pelota desde temprano con mis amigos de la escuela: Alberto Prendes, Ernesto Govín, Yadín Ayala y Fernando Pérez, entre otros. 

Michel Enríquez

Cómo olvidar el debut de Michel Enriquez, y luego su temporada de 152 hits, siendo estudiante de segundo año en la liga. La presencia de Alexander Ramos en cada partido, demostrando su amor a la camiseta y mandando señales directas hacia los encargados de encender la “H” en la pizarra del estadio, con esos batazos –la gran mayoría de ellos hábilmente conectados hacia su banda opuesta, en el rightfield-- derivados de un hermoso swing que te dejaba ver en un flash su número “30” ... Me encantaba la magia de Juan Carlos Moreno, “El Sopa”, aquel torpedero del No. “24”, moviéndose elegantemente hacia cualquier dirección en el campo, da igual si era para el hueco detrás de tercera o por encima de la segunda almohadilla. 

Si viviste el encanto de ver a ese equipo pinero desafiando a los planteles más poderosos en Series Nacionales desde finales del siglo XX, tampoco olvidarás el arte de sus bateadores para golpear la pelota hacia la zona derecha en el estadio Cristóbal Labra, y como el diestro Carlos Yanes registraba victorias una y otra vez, acumulando 235 en su hoja de vida durante 28 temporadas, récord vigente en el béisbol cubano. Pensar que Yanes alcanzó todas esas marcas lanzando buena parte de su carrera con un equipo perdedor, sin dudas nos hace reconocer la grandeza de su clase. No fue fácil lanzar la mayor parte del tiempo en “La Casa de los Jonrones”, como bautizaron al Labra por las cortas dimensiones de sus límites, un estadio con proporciones demasiado pequeñas para que los lanzadores retaran a los bateadores portando el implacable bate de aluminio en sus manos.

También recuerdo, entre otros jugadores y momentos, los hits y remolcadas de Orlis Luis Díaz en situaciones claves de los partidos -- implantó récord nacional con 87 impulsadas en 2001, aunque luego fue roto por Javier Méndez en 2003 (92) --, la cobertura defensiva de Dioel Reyes en el centerfield (hoy día se tituló campeón como manager del team Sub-23), y la manera en que Félix Ajete y Luis Enrique Piloto castigaron al pitcheo de Pinar del Río en los playoffs de 1999. ¿Eran tan emocionantes las carreras explosivas de Luis Felipe Rivera en la proa del lineup? ¡Por supuesto!, los números hablan por sí solos: Superó los 103 hits siete veces entre 2002 y 2009. 

Todos estos peloteros antes mencionados formaron parte decisiva --incluso, no solo como atletas, pues varios también han sido entrenadores-- de la generación que, años después, con la ayuda de algunos refuerzos eliminó a Industriales en la última serie del año (2015) y, luego, envió a casa a los Cocodrilos de Matanzas, venciéndolos por 4-2 en semifinales. En aquella 54 Serie Nacional, los Piratas estuvieron tan cerca como a un partido del título, pero perdieron el Juego 7 frente a los Tigres de Ciego de Ávila, quienes eran realmente favoritos.

Han sido varias décadas de lucha por el sueño de obtener el título nacional en alguna categoría del béisbol, un total de 14426 duros días de entrega hasta este sábado 23 de junio de 2018, desde que los Piratas ganaron el primer partido de su historia al máximo nivel del béisbol cubano en diciembre de 1978. Después de ver pasar casi cuatro décadas, creo que valió la pena, diría el manager de los pineros, Dioel Reyes: ¡Los Piratas de Isla de la Juventud son los nuevos campeones nacionales en el béisbol Sub-23!

La celebración será grande, no cabe duda, y el afecto de la fanaticada lo demostró desde mucho antes de saber la decisión de este Juego 5 ante los Leñadores de Las Tunas: El público abarrotó el estadio Cristóbal Labra, olvidándose por algunas horas de la Copa Mundial de Fútbol Rusia 2018. Se jugó un gran campeonato, disputado de principio a fin, donde se expusieron a pleno sol varios de los errores técnico-tácticos que aún cometen estos jugadores jóvenes, pero fue reconfortante ver como el béisbol puede reunir de nuevo a la fanaticada, dando muestras de que el amor por el pasatiempo nacional en Cuba no ha muerto.

Después de ganar la serie final por 3-2, los Piratas de la Isla pasaron a ser el cuarto equipo campeón en la historia de las cinco Series Nacionales categoría Sub-23, detrás de Artemisa (2014), La Habana (2015) y el bicampeón Santiago de Cuba (2016 y 2017).

Cuando Manuel Ávila roleteó por el campo corto y Eddy Rodríguez disparó a la inicial, al guante de César Vega, la celebración de los Piratas en el centro del diamante, esa rueda de abrazos una y otra vez, se convirtió en un ¡playball! a la pasión indetenible. 

Fue algo emocionante de ver, pues parecía una celebración de familia, algo mucho más afectivo que el ambiente típico de un grito de campeones en el béisbol.

 

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