Culpas y azares de la pelota cubana cuando apenas se inicia nueva campaña nacional

Ray Otero

Por Ray Otero | Fundador y Director de BaseballdeCuba | @baseballdecuba

Ago 14, 2019

Después del peor inicio de una temporada internacional de su historia, la pelota cubana comenzó el pasado sábado su Campeonato Nacional número 59, sin muchos cambios en cuanto a formato, pero con la mira puesta en los retos que presenta el deporte nacional de la isla para el resto del año y el venidero 2020.

La principal meta de la Serie Nacional 2019-2020 resulta encontrar los mejores jugadores que permitan a Cuba intentar lograr el boleto al torneo beisbolero de los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020, conociendo, sobre todo, que una vez más este deporte se ausentará de la cita de los cinco aros al menos hasta el 2028 y que Cuba representa el país más galardonado en los torneos oficiales olímpicos, desde la entrada a los mismos en la edición de Barcelona’1992.

Para ello, y después de la desastrosa actuación del combinado nacional cubano en el torneo de los Juegos Panamericanos de Lima, Perú, evento donde los antillanos terminaron con la peor actuación de su historia en estas lides anclando en el sexto lugar con solo un triunfo ante la débil Argentina, encontrar desde nuevas caras para el equipo junto a una nueva dirección, debe ser la prioridad, sobre todo antes de la primera de las tres oportunidades que el béisbol tendrá de avanzar a la cita de Tokyo’2020, durante el torneo mundialista Premier12 de noviembre venidero.

No es un engaño para nadie que, un plan olímpico que se inició en el 2016 y que desde el 2013 anunciaba la entrada del mentor Víctor Mesa como director de la escuadra de Cuba al menos hasta el Clásico Mundial de Béisbol de 2017, se vino abajo, cuando primero Mesa no pudo cumplir con los triunfos que de Cuba se esperaba en torneos internacionales y después, cuando el propio mentor emigró a Estados Unidos junto a sus hijos y la banca de dirección quedó abierta a nuevos aspirantes. Poco después, todo lo que debió hacerse en el llamado ciclo olímpico, al menos los 4 años antes de Tokyo’2020 desde que se conoció en agosto del 2016 del regreso del béisbol a la olimpiadas, se ha desmoronado, y prácticamente la pelota cubana se encuentra sin rumbo en busca de reorganizarse, apenas tres meses antes del primer torneo clasificatorio, y a menos de un año de los Juegos Olímpicos.

El panorama, por mucho que nos quieran disuadir de esto, luce cada vez más oscuro, sobre todo, si no existe una idea real de cómo enrumbar, no solo la nave cubana, sino al mismísimo deporte nacional de la isla caribeña.

Hablamos de encontrar un “nuevo” elenco nacional - con manager incluido – o al menos caras diferentes, y realmente, aunque suena apresurado, es lo que se debe hacer desde ya. Ese sería un primer paso. Si comenzamos analizando, desde la dirección del Cuba hasta los jugadores, ninguno - al menos en el presente año - ha podido cumplir con las expectativas de lo que significa estar en una escuadra nacional como la cubana. Este mismo año, desde el tunero Pablo Civil hasta el capitalino Rey V. Anglada, ni currículum y mucho menos dirección adecuada, se ha visto con la escuadra mayor de la isla y de resultados ni hablar. La mentalidad de ambos mentores ha dejado mucho que desear a tal punto que, pese a un equipo nacional escaso de estrellas y en la mayoría de los casos también de talento, mejores actuaciones han sido posibles, pero estas se han escapado, entre muchos otros factores, por el llamado toque mágico de una desorientada estrategia de dirección.

Nadie puede dejar de reconocer que, por solo mencionar un detalle, a Lima se llegó con un cuerpo de lanzadores que basó su entrada al elenco nacional en la experiencia y en otros casos por solo lo visto en un campeonato cubano bajo de calidad, algo que indica grandes problemas estructurales a la hora de conformar los equipos nacionales. Dos de los brazos más jóvenes y fuertes de Cuba, y que, además, impresionaron incluso a muchos Scouts de Las Mayores en la gira cubana por tierras norteamericanas, fueron dejados en la isla de manera incomprensible y usando todo tipo de argumentos. Me refiero a los derechos Yariel Rodríguez y Yosimar Cousín. Ambos, pese a actuaciones de altibajos en el eterno andar del equipo Cuba por México, Canadá, Estados Unidos y Nicaragua, poseen mejor futuro, brazos más fuertes y promisorios, que, por ejemplo, dos de los relevistas presentados por los antillanos en Lima, en los nombres de Pedro Álvarez y Frank L. Medina.

Estos últimos fueron gran parte del desastroso trabajo del bullpen cubano en la cita continental, evento donde Medina mostró un de otro mundo 54.55 promedio de limpias, mientras Álvarez lo secundaba con otro alarmante 21.69, como los dos peores de la formación cubana. Dos de las más costosas derrotas de Cuba en Lima pasaron por los brazos de ellos, quienes fueron vapuleados en el crucial choque inicial ante Colombia, y después, en el deshonroso encuentro por la discusión del quinto lugar ante República Dominicana. Es cierto que estas labores pesan en los nombres de los jugadores, pero, quienes se encargaron de seleccionarlos por considerar eran lo mejor para representar al país, deben también cargar con este pesado y allí entra desde la Comisión Nacional, hasta el propio director del elenco, este último como máximo responsable de la actuación del equipo bajo sus riendas. Sin duda, en Lima, el manejo del pitcheo fue una de las causas claves en el pésimo accionar del Cuba – recordar a un Yoanni Yera mantenido incomprensiblemente hasta su enorme explosión ante Canadá -, pero no sería la única, muchos más errores de pensamiento táctico se cometieron en este torneo.

Nadie puede olvidar que más de una vez las decisiones erradas han tenido que ver directamente con los resultados, en 1997, durante la final de la Copa Intercontinental de Barcelona, Cuba enfrentó a Japón, y la decisión de colocar al prometedor pero inexperto derecho granmense Ciro S. Licea ante los nipones en la final – más bien guiados por el juego completo que en la clasificatoria este le había lanzado a Nicaragua con 10 ponches incluidos -, costó eternamente el puesto de mando del Cuba al flamante director pinareño Jorge Fuentes, tras vergonzosa derrota de 11-2 que vio a Cuba perder el título. Lo mismo podríamos argumentar de un Servio Borges con la presencia de Pedro L. Lazo en el choque final de los Juegos Olímpicos de Sidney en el año 2000. 

Hechos como los de Lima no tienen que ver con el nivel alto o bajo del elenco cubano. En 1997 o el 2000, Cuba prácticamente no tenía rivales en el béisbol internacional, sin embargo, salió por la puerta estrecha en eventos que generalmente dominaba a su antojo. Esta vez las decisiones también se encargaron de terminar descarrilando a un equipo donde, ya la escasez de talento era suficiente como para conocer sus remotas posibilidades de victoria – siempre negadas por una dirección antes del torneo -, pero, sin llegar al colmo de desastrosamente ver al equipo terminar ubicado solo por delante de naciones donde el fútbol es el deporte nacional como Argentina y Perú. Algo así, todo el que siga seriamente el béisbol cubano, jamás lo podrá entender ni olvidar.

Para esta campaña nacional cubana, el ingreso al torneo de la isla de figuras que en algún momento pensaron tener el talento suficiente para jugar en ligas extranjeras, o de otras que llegaron a realizar su intervención con sucesos mixtos a diferentes niveles de torneos foráneos, resulta esperanzador, no para el actual resultado que Cuba pueda tener en la arena internacional, pero si para el futuro de la pelota cubana, con una puerta abierta a jugadores que, de una forma u otra, han experimentado un desarrollo a niveles más elevados del que se ve actualmente en la pelota de la isla. Los casos del guantanamero Yoilan Cercé, del tunero Juan Carlos Viera, del agramontino Leslie Anderson, de los holguineros Lerys Aguilera y Yusmel Velázquez, del matancero Moisés Esquerre, del granmense Raico Santos, de los cienfuegueros Pavel Quesada y Erisbel Arruebarrena - este último jugando por Matanzas -, entre otros, resultan alentadores para lo que ellos puedan brindar a sus elencos en la pelota de Cuba, en lo que sin duda es uno de los mejores – o forzados - pasos que se ha podido dar con jugadores que una vez abandonaron el país en busca de otros horizontes.

Pero nada resulta suficiente para levantar un deporte que se ha visto decrecer en resultados internacionales de manera acelerada en los últimos 10 años, mientras de manera exponencial comienza a mostrar mucho del talento que puede producir la isla en el mejor béisbol del mundo, las Grandes Ligas.

Para la mayor parte de la afición cubana resulta también incomprensible que, después de alarmantes 10 años en donde, no solo los títulos mayores de Cuba en la arena internacional han desaparecido, sino que como selección nacional también se ha dejado de ser competitivo para poder aspirar a ellos, la dirección beisbolera cubana se mantenga inerte sin cambio alguno en sus filas, sobre todo siempre argumentando culpas a factores externos, cuando sabemos ellos y la estructura beisbolera que representan, también han sido parte esencial del constante desencanto de jugadores y por consiguiente de sus partidas a otras tierras. Desde un veterano en estas labores como el Comisionado Nacional de Béisbol, Higinio Vélez, hasta alguien menos ducho en estos avatares como el Director Nacional del deporte, Yosvany Aragón, resulta ya suficiente lo que hemos visto de ellos al mando del béisbol en la isla. Sin embargo, ambos dirigentes siempre reaparecen – como sucedió la semana pasada - como si nada hubiera sucedido, sin dar respuestas ni explicaciones, y peor, sin asumir responsabilidad alguna de los constantes y penosos fracasos internacionales que la selección mayor de la isla obtiene, dejando a media afición con la interrogante de ¿por qué ambos, pero sobre todo Higinio Vélez, con la pérdida de sus cargos, no responden a todas las continuas derrotas de los equipos nacionales en los eventos internacionales? Créanme que no he sido el único que ha tratado de encontrar respuesta a tal interrogante, pero siempre infructuosamente quedando sin encontrarla. 

Para nadie es un secreto que también el factor económico pesa un millón en el andar de la pelota cubana. Una muestra de ello fue cuando la presentación en el 2016 del elenco mayor liguista Tampa Bay Rays en La Habana, donde el principal estadio del país, el parque Latinoamericano, tuvo que ver su terreno completamente reparado, por no cumplir con las reglas esenciales para que jugadores de la Gran Carpa se presentaran. Y la prueba más reciente de esto la vemos en cada estadio del país donde juegan los equipos representativos de cada territorio de la isla. La inauguración de la presente temporada no pudo ofrecer un peor panorama con un parque Julio A. Mella donde el terreno lucía en pésimas condiciones, con un cuadro completamente deslucido y escaso de agua, y unos jardines donde la yerba amarilla y los espacios en blanco aparecían por todos lados. Si a esto unimos el mal gusto en el diseño de los uniformes de elencos, así como el pésimo, monótono y constante sistema de inauguración de las temporadas cubanas, en donde una siempre preconcebida y diseñada gala al estilo más anticuado se realiza, todo simplemente muestra la poca creatividad y las escasas ansias de esforzarse en aras de alcanzar ideas novedosas para el béisbol en la isla, solo realizando actividades para simplemente “cumplir” con lo programado. La pelota, como parte indisoluble de la sociedad cubana, resulta el espectáculo deportivo mayor del país y como la palabra dice, al espectáculo como tal, hay que mantenerlo renovado y con nueva vida cada año, como labor esencial para garantizar su futura existencia aún bajo las actuales condiciones.

Pese a los contratiempos - y ni siquiera he mencionado una larga lista – considero el inicio de la campaña cubana debía traer júbilo a una afición nacional que, en su mayoría, solo posee el torneo de la isla para poder disfrutar del béisbol, significando esta otra de las razones por las que a veces les resulta incomprensible entender los reveses de nuestros equipos nacionales, cuando estos - los aficionados - no poseen los medios suficientes para establecer comparaciones y poder evaluar la calidad y el  nivel real del campeonato local, con la de otros torneos que se juegan en variadas latitudes. 

Por el momento, existe una gran diferencia entre como el béisbol de Cuba es visto por su afición y como es visto o usado por sus dirigentes o los políticos en la isla. Un reflejo de la realidad actual es el constante pesimismo de una afición que merece y exige mucho más, sobre todo de un deporte que, como nacional y de entretenimiento, debe alegrar y hacer a muchos olvidar los constantes y diarios problemas de la vida. Cuba, con sus intenciones puestas en alcanzar metas mayores, simplemente conoce que mucho trabajo necesita hacerse para restablecer la imagen de una pelota que, históricamente, ha sido paradigma en diferentes latitudes del mundo. El inicio de esta temporada 2019-2020 bien pudiera marcar un cambio, pero, sin duda alguna, una ya creciente y bien pronosticada ausencia olímpica, a menos de un año del torneo de los cinco aros, sería un golpe fatal en las ansias de encaminar por los rumbos que merece al pasatiempo nacional de todos los cubanos. Para la pelota cubana, de manera pesimista y desafortunada, el tiempo no está de su lado.

 

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